Family Enrichment
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El arte de comunicarse

Miguel Ángel García Mercado

Si el objetivo del matrimonio, el de llegar a ser “una sola carne”, se cumple de modo central en el acto conyugal, también lo hace en otros ámbitos de la vida matrimonial y familiar. La conyugalidad sexual, esa genuina comunicación que se establece entre los esposos, trasciende así su propio espacio y se manifiesta en forma de gestos –lo que hoy las revistas del corazón llaman inadecuadamente complicidad–, proyectos, intenciones, actuaciones… hasta el punto de que marido y mujer acaban reconociéndose el uno en el otro: “ya no somos dos, sino uno”.


Expresión de este reconocimiento son los hijos, “la palabra de amor hecha carne que los esposos se dirigen recíprocamente”. Mientras un hijo sea eso –y se sepa eso–, la comunicación misma de los padres, que se perpetúa en las vidas que traen al mundo, no corre peligro. Sin embargo, siendo como decimos la solución principal, la comunicación se encuentra a menudo más o menos viciada.

 

Fenomenología de la incomunicación


Esto es así porque la vida matrimonial, lejos de favorecer la comunicación, muchas veces la dificulta. Sin duda es una paradoja, pero no por ello deja de ser real. Expondré dos motivos, bastante habituales, por los que la comunicación en el matrimonio se frustra: el desconocimiento en las parejas jóvenes y el conocimiento –en forma de hastío– en las parejas maduras.


En las parejas jóvenes, se desencadena el fenómeno del deslumbramiento. El noviazgo puede –y debe– ser un período singular de comunicación: es el momento de hablar, de conocerse, de compartir sueños, esperanzas, ilusiones, metas, preocupaciones, tristezas y frustraciones. Del mismo modo que se dice que al conocer a la suegra conozco el futuro de mi novia, al escuchar a ésta –y al ser escuchado por ella– conozco quién quiere ser conmigo a su lado. Si no se recaba esa información, o se queda deslumbrado por el presente –aquí el amor suele ser ciego–, y se le pregunta al novio o a la novia: ¿qué cualidad te atrae más de Pepe o de Luisa?, asoma de sus bocas una respuesta tristemente común: TODO. Esto, que parece hermoso –y en gran parte lo es, qué duda cabe–, es sin embargo un síntoma claro de falta de objetividad, muy propio del romance.


Pero cuando la convivencia se materializa, las expectativas se descubren a menudo ciertamente falsas, y se topa uno, desilusionado, con una realidad bien distinta a la que imaginaba. Surge entonces otra pregunta, del todo desconcertante: ¿A quién amaba yo, a Pepe o a Luisa –según el caso–, o a mi idea? Si no se cae en la cuenta de que las ideas no pueden ser realmente amadas, que sólo se ama a las personas de carne y hueso –es decir, con defectos y virtudes–, la convivencia se agrieta. Cualquiera que lleve un tiempo conviviendo, sabrá que cualquier pequeño detalle puede provocar una agria disputa: un retraso, una mala respuesta –quién no la tiene por la mañana o cuando está tenso–, la enésima vista de la familia o, peor aún, de los amigos de una de las partes –que no son los amigos de la otra y además son insoportables–, o incluso un simple descuido doméstico.

 

La muerte del matrimonio puede estar a la vuelta de la esquina ‘por incompatibilidad de caracteres’, al menos a la vista de la respuesta del ex ciego enamorado –o de la ex ciega enamorada– a la pregunta: ¿qué te gusta más de tu cónyuge?, pues contestará: NADA.


Recurriré a una anécdota real, muy reveladora. Un orientador familiar le preguntó a un joven al borde de la separación qué le había enamorado de su esposa, para intentar así reactivar su vida en común. El chico contestó: “su alegría, su orden, su franqueza”. A continuación le preguntó por los defectos que le habían llevado a decidirse por la separación, a lo que volvió a decir, impasiblemente: “su alegría, su orden, su franqueza”. No había habido cambio. No había habido comunicación, intercambio, entrega, mejora. Lo que había sido virtud, era ahora vicio (los seres humanos somos así: nuestras virtudes y nuestros vicios sólo son la cara y la cruz de la misma moneda).

Un matrimonio bien avenido guarda miles de pequeños silencios, ahorra reproches, esconde egoísmos

Otra posibilidad fenomenológica, descriptiva, de la falta de comunicación en la vida matrimonial, surge lentamente. Conviene recordar que la plena y absoluta comunicación es un objetivo-tendencia –un desideratum– al que siempre hay que dirigirse pero que –al menos aquí– nunca se alcanza. Pensar lo contrario no sólo es ingenuo, sino nefasto.


Un matrimonio bien avenido guarda miles de pequeños silencios –algunos necesarios, otros culpables–, ahorra reproches, esconde egoísmos y soberbia; hay que vencer, como dice Amadeo Aparicio en El matrimonio a examen, “la necesidad, aconsejada por el orgullo, de decirle al otro que se ha equivocado, de demostrarle que no sabe lo que dice, de imponerse como superior”; hay que “luchar todos los días –como dice Marta Brancatisano en La gran aventura– para hacer extraordinario lo ordinario”. Puesto que el matrimonio no trae sello de garantía –por eso entre otras cosas es maravilloso–, el amor puede perderse por el camino.


Causas de la incomunicación


Repasemos las causas que ya hemos apuntado: en primer lugar, la idealización del
cónyuge, que puede esconder falta de realismo o incapacidad de aceptar sus defectos reales (defectos que no son graves pero sí constitutivos de la persona, y que hay que aprender a aceptar y amar); en segundo lugar, el egoísmo, que antepone los deseos y proyectos particulares a los deseos y proyectos comunes; en tercer lugar, el espíritu crítico, donde anida la soberbia de pensar que uno es mejor que otro; y en cuarto lugar, la comodidad, que lleva a vivir para uno mismo eludiendo los quebraderos de cabeza que implica vivir para el otro.


Cabe añadir dos cuestiones que, si bien son ajenas a la voluntad de las personas, pueden debilitar la salud de la vida conyugal en gran medida, así como perturbar la comunicación. Por un lado, el temperamento, que en última instancia hay que aceptar: a la persona que es fría por naturaleza, por ejemplo, le cuesta mucho comunicarse; puede amar mucho –amar es estar dispuesto a hacer cosas por el otro–, y que su amor sin embargo no se note demasiado. Por otro lado, el cansancio, que crece con el tiempo –la edad, las preocupaciones familiares, las dificultades profesionales– y dificulta cada vez más el cambio, la renovación, la lucha. (Y el matrimonio feliz y unido es precisamente eso: un constante adecuarse el uno al otro).


Otra causa de incomunicación, muy tenida en cuenta por los especialistas, tiene que ver con las diferencias psicológicas y comprensivas de hombres y mujeres. No se dan siempre, ni en todos, pero suelen existir diferencias –no desigualdades– entre unos y otros: no se trata de ser mejor o peor –huelga decirlo–, sino de advertir que la complementariedad exige la diferencia.

Causa de incomunicación son las diferencias psicológicas y comprensivas entre hombres y mujeres

Si la mujer se afirma a través de sus sentimientos y de la calidad de sus relaciones, el hombre lo hace a través de la capacidad de obtener resultados (en él prima el logro, la autonomía, el éxito). Si la mujer busca la mejora constante, el hombre se conforma con dejar las cosas como están si así funcionan. Si la mujer gusta del análisis, el hombre gusta de la síntesis. Si la mujer es sutil y detallista, el hombre es más bien plano: él dice lo que quiere –a veces con crudeza–, y ella necesita ser comprendida (le gusta que su marido adivine lo que piensa).


Todas estas diferencias, y otras tantas, perfeccionan naturalmente la complementariedad de la pareja, pero qué duda cabe de que son también fuente de incomprensión e incomunicación. Tres de ellas invalidan la comunicación especialmente, pues hacen que hombres y mujeres aborden una misma situación de forma radicalmente opuesta. Pedir ayuda, para el hombre, es síntoma de debilidad, y nada le disgusta e incomoda más que eso: se siente mejor resolviendo problemas que hablando de ellos, así que sólo reclama ayuda o consejo cuando resulta imprescindible. La mujer, por el contrario, comparte sus pensamientos por naturaleza: quiere desahogarse, ser escuchada, y no tanto que su marido le ofrezca a la carrera, impaciente, una de sus típicas soluciones prácticas para zanjar la cuestión, pues así no se siente atendida. Por último, quizás la más grave de las desavenencias se produzca en el ámbito de las relaciones conyugales, que hombres y mujeres encaran de forma diferente y, a largo plazo, si no se pone remedio a tiempo a base de comunicación y comprensión, puede traducirse en silencio –que mata el afecto–, imposición de uno sobre otro –que destruye la igualdad–, o infidelidad, afectiva o efectiva, de uno o de otro.


Actitudes que favorecen la comunicación


Pese a lo anterior, no conviene olvidar que esas diferencias, más que un callejón sin salida, son el punto de partida para beneficiarse al máximo de la riqueza que ofrece la complementariedad. ¿Cómo hacer para que ambos cónyuges salgan ganando?


Planteemos seis claves:


1. Tener proyectos en común, porque, si bien al principio son muy ambiciosos, poco a poco van diluyéndose: hay que buscarlos. Cada proyecto en común es un lazo que nos une; es parte de ese ser “una sola carne”: sentimientos, afectos, hogar, hijos, vida íntima. Exige interesarse por los asuntos del otro, prestar atención a lo que dice y valorarlo desde su punto de vista, no desde el nuestro.


2. Conocer y aceptar las diferencias. Ya se ha dicho que buena parte de los conflictos proceden de esas diferencias naturales que posibilitan la complementariedad: al conocerlas, uno deja de esperar que la mujer se comporte como el hombre –y viceversa–, de forma que puede ir advirtiendo la riqueza que aporta el otro.


3. Comenzar y recomenzar, lo que equivale a decir que se está dispuesto a no dejar que los conflictos se enfríen. Las diferencias son naturales, y las discusiones no tienen por qué ser malas.


4. Perdonar. Perdonar es amar. (Es sospechoso que siempre perdone uno y sea perdonado el otro, por cierto: o el segundo es un canalla, o el primero es muy difícil y perfeccionista y nunca tiene la culpa). Tener bien presente la centralidad del amor, que es la razón de ser de los cónyuges: “Yo he nacido para amar a este hombre (a esta mujer)”.


5. Saber escuchar (aparece en último lugar porque es esencial). Resulta paradójico, pero el mejor consejo para entablar una buena comunicación es saber escuchar. Saber escuchar es el 90% de una buena comunicación, porque un oído abierto es la prueba más evidente de un corazón abierto. ¿Y qué es saber escuchar? Digámoslo sintéticamente: no es oír para contestar –dejamos hablar para hablar a continuación como si el otro no hubiera hablado–, ni para aprobar o desaprobar (de ese modo evaluamos, aconsejamos, aprobamos desde nuestro punto de vista, pero no escuchamos). 

Saber escuchar no es oír para contestar ni para aprobar o desaprobar

Escuchar consiste en comprender lo que el otro dice, ponerse en su lugar. Exige confianza y deseo de cooperación, gestos que hacen ver que el otro no es alguien molesto sino alguien ‘nuestro’. Así que no dejar que se exprese, interrumpiéndole o poniendo palabras en su boca que no ha dicho, o juzgarle, no son sino ofensas más o menos encubiertas.


Por el contrario, evitar generalizaciones, guardar silencios reflexivos, preguntar por la solución del problema –y solo ofrecer la nuestra si el otro la requiere–, verificar la intencionalidad de lo que se ha dicho si algo nos sorprende, prestar atención de calidad –mirando a los ojos, adoptando una posición de escucha, interrumpiendo claramente lo que se está haciendo–, y, por último, mostrar que se está de parte del otro incluso cuando hay que contradecirle, forman parte del proceder de la buena comunicación.


Lugares comunes


La última clave para la comunicación –la sexta en nuestro particular listado– es buscar espacios para el matrimonio. Viktor Frankl decía, con mucha agudeza, que “la puerta que da entrada a la felicidad se abre siempre tirando hacia fuera”, esto es, abriéndose uno para permitir que el otro entre: es preciso llegar a un verdadero compromiso de mejora, que debe ser además concreto.


Conviene recuperar así intereses y valores compartidos. Yo, como buen profesor, suelo poner deberes que considero fundamentales, aunque a veces se burlen de mí los esposos: un rato diario de conversación (sin televisión de por medio); una salida a la semana; y un viaje de fin de semana al trimestre (al semestre como mucho). Sin eso, el amor muere por inanición, pues necesita ser alimentado.


La comunicación matrimonial es esencial, en definitiva, y la escuela que prepara para sacar nota cuando los hijos adolescentes exijan mucho diálogo constructivo y pocas imposiciones de sus padres. 


Miguel Ángel García Mercado es Catedrático de Filosofía y orientador familiar.

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