Poco de mi, mucho de ti

Autor: Javier Vidal-Quadras Trías de Bes.

Cuando se habla de comunicación, la gente suele pensar en un emisor, un receptor, un canal y un mensaje, lo que evoca al diálogo, a la palabra. Sin embargo, se advierte enseguida que la palabra es sólo un medio de comunicación entre los muchos que se pueden utilizar. Según los expertos, ni siquiera es el medio que llega con más eficacia al destinatario.

 

Todavía más: l0 palabra sola, sin la atmósfera humana que le conviene –digámoslo así–, sin la entonación, la mirada, el gesto, el silencio que la antecede o prolonga… puede incluso llegar a desvirtuarse y adquirir un significado no querido, hasta diametralmente opuesto al que se pretendía. ¿Quién no ha tenido la experiencia de ofuscarse ante un email que consideraba ofensivo, cuando se trataba de una broma que no pudo captarse por faltarle la entonación que quería darle el remitente?

Algunas veces, la expresión del rostro u otras manifestaciones no verbales en principio sin importancia adquieren tal protagonismo que pueden llegar a desmentir o desacreditar lo que se dice. Lo dice pero no lo piensa, se suele afirmar.

Al fin y al cabo, lo importante de la comunicación es que sea capaz de exteriorizar lo que queremos; y añadiría: en la comunicación matrimonial, que acierte a manifestar lo que somos. Desde la perspectiva de nuestra intimidad, de nuestro mundo interior, la comunicación no deja de ser el último eslabón, el que consiste en sacar afuera aquello que llevamos dentro.

En la antesala de la relación

Podríamos preguntarnos: ¿tengo la certeza de que digo, exhibo, gesticulo, miro con lo que realmente soy, quiero y pienso? ¿O, más bien, lo hago de ordinario movido por el efecto del último acontecimiento externo, que me ha instigado desde lo más profundo de mi inconsciente y, casi sin percibirlo, me ha conducido a una reacción que, en realidad, no quería, no es propia de mí, de lo que me gustaría ser?

La respuesta está en el estadio previo a la comunicación, la antesala de la relación, aquel momento inmediatamente anterior al acto de comunicar, de relacionarse, en que estamos solos con nosotros mismos, y decidimos –o podemos hacerlo– cómo, qué y con quién vamos a comunicar un sentimiento, una pasión o una emoción. Todos nuestros pensamientos, y, con ellos, nuestros actos, están transidos de sensibilidad: nadie que no sea una almeja piensa en el vacío emocional. Y esa emoción es la que va a determinar el tono con el que voy a comunicarme: ¿enfado?, ¿nervios?, ¿rabia?, ¿paciencia?, ¿superioridad, ¿ironía?, ¿alegría?, ¿simpatía?, ¿cariño?...

La psicología cognitiva aconseja ser muy crítico con uno mismo porque tendemos a adulterar la realidad y a fijarnos sólo en lo que a nosotros nos afecta, reaccionando desde nuestra propia vivencia personal y sin tener en cuenta lo que siente nuestro interlocutor.

 

 

Modificable y mejorable

Pero lo que me interesa resaltar ahora es que la comunicación, a fin de cuentas, no deja de ser una técnica o, si se quiere, un modo, una forma mediante la cual exteriorizamos parte de nuestra intimidad. La prueba es que en distintos lugares, edades, entornos o tradiciones comunicamos las mismas emociones de maneras diferentes: un jugador de rugby transmite a un compañero de equipo con un puñetazo en el brazo el mismo saludo que una bailarina comunica a una compañera con un beso o un adolescente a su colega con un sonoro taco acompañado de un inimitable, retorcido y casi litúrgico apretón de manos, pulgar y codo incluidos.

Y, como toda técnica, no sólo es modificable y mejorable, sino que admite además niveles y usos muy distintos en función del objetivo que persiga.

En el nivel inferior –podríamos decir–, se encuentra la comunicación que tiene un objetivo inmediato, efímero y más o menos utilitarista, como vender un producto o un servicio, o conquistar a otra persona con el propósito de obtener favores de cualquier tipo. En este caso, el interés está centrado en uno mismo –que me compre mi producto, contrate mis servicios o me otorgue sus favores–, mientras que la acción, la técnica de comunicación, se dirige exclusivamente a provocar un cambio en el destinatario. Queremos generar en él una conducta determinada con independencia de sus propias preferencias y, por supuesto, sin pretender ningún cambio en nosotros mismos ni en nuestros productos.

 

El nivel superior del amor

En el nivel intermedio se da una finalidad más intensa y duradera, como podría ser mantener una buena relación de trabajo, de compañerismo con alguna persona con la que compartimos oficina o alguna actividad, un deporte de equipo, por ejemplo. Aquí, el interés se equilibra algo, el acento se pone acaso más en la relación. Hay una meta superior –producir beneficios, ganar el partido– que exige una cierta compenetración. La acción se dirige a la relación. Ambos tenemos que hacer un esfuerzo para entendernos, aunque no nos llevemos bien. Digamos que estamos dispuestos a aceptar algún pequeño cambio en aras de una mejor convivencia, con tal de que no se nos pida dejar de ser como somos –aunque a veces confundamos personalidad con manías– y, por supuesto, con tal de que el otro haga un esfuerzo igual o mayor.

El nivel superior de la comunicación, como se adivina, es el del amor. Y si el amor, como decía Aristóteles, consiste en querer el bien del otro en cuanto otro –es decir, no por razón de mí mismo, para que yo sea feliz, sino por razón de él, para que él lo sea–, parece claro que el interés está o debería estar centrado en el otro. Y cuando el interés se centra en el otro, la acción se dirige o debería dirigirse principalmente a nosotros mismos: he de ser mejor porque ella merece lo mejor, y sé que ella piensa y actúa igual. He de hacerme amable –digno de ser amado–, entregarme a esta persona, ponerme a su servicio para que ella sea, exista y logre alcanzar la plenitud a que está llamada.

 

Estar alterocentrado

De lo anterior se puede extraer una regla fundamental que a veces se olvida: en la misma medida en que me centro en mí mismo –es decir, en que estoy egocentrado–, exigiré al otro que cambie y se adapte a mí. Y en la misma medida en que me centro en el otro –es decir, en que estoy alterocentrado–, intentaré cambiar yo y adaptarme a él. O sea, que he de mejorar mi técnica de comunicación para acercarme atenta y delicadamente a mi mujer, conociendo su mundo personal, sus sentimientos, sus anhelos y expectativas, y procurando amarla como ella quiere ser amada… y no como a mí me da la gana. No está de más decir que la regla vale lo mismo para la comunicación con mis hijos… y para cualquier relación de amor.

Y, aunque haga falta una vida entera para comprenderlo, si me centro en mí mismo, seré muy infeliz, eso sí, conmigo mismo; mientras que si me centro en ella, o en ellos, en los demás, seré muy, muy feliz, pero sin mí, o con poco de mí (¡qué liberación!). Tiempo al tiempo.

 

Javier Vidal-Quadras Trías de Bes ES Secretario general de IFFD y subdirector del Instituto de Estudios Superiores de la Familia de la Universitat Internacional de Catalunya (UIC).

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