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Novios y amigos íntimos

Tomás Melendo

De un tiempo a esta parte la realidad del noviazgo ha ido desdibujando sus contornos. Incluso tiende a desaparecer el calificativo de ‘novios’, que muchas veces se sustituye por el de simples ‘amigos’ o ‘amigos íntimos’, resultado de la respuesta positiva a una pregunta: “¿salimos?”. Todo esto es sintomático y trae consecuencias. Se pierde una etapa importante en la maduración del amor, corriendo demasiado o pasando sencillamente, sin reflexión vivida, desde un estado de mera camaradería al compromiso matrimonial. Con otras palabras: bastante a menudo el fundamento del matrimonio es el puro y simple amor sentimental, al que no se hace madurar hasta transformarlo, acrisolado y robustecido, en auténtico amor esponsal, único cimiento en el que cabe asentar una vida de pareja genuina y una familia con posibilidades de éxito.

La realidad del noviazgo ha ido desdibujando sus contornos

De ahí que el noviazgo, con este o con cualquier otro nombre o sin apelativo alguno, deba en principio ser redescubierto. Hay que devolverle su valor y densidad, su función específica en la puesta en sazón del amor. Saber enfocarlo como tiempo en el que se sientan las bases para construir un edificio sólido, levantado sobre un amor ya maduro, y en el que se discierne, sin excesivos apasionamientos y a través de un progresivo conocimiento mutuo –del que forma parte importante la advertencia profunda de la diversidad entre varón y mujer–, si en efecto nos encontramos llamados o no a casarnos con una persona determinada.


Tendríamos que recuperar el noviazgo como período particularmente gozoso y relevante y esforzado. Es conveniente que se viva como etapa ilusionada de especial preparación, durante la que se cultiva con empeño la propia formación y personalidad, a veces un tanto abandonadas durante los años precedentes, y, sobre todo, cuanto se refiere al venidero modo de ser específico de los casados. Este último aspecto se torna imprescindible: hoy más que nunca los futuros esposos deben advertir que junto a sus legítimos particulares propósitos, ilusiones y expectativas, existe un eterno proyecto de Dios respecto a ellos, basado en la naturaleza del varón y de la mujer en cuanto tales, que presenta unas características determinadas y unas firmes aunque deleitosas exigencias… y que constituye la única vía capaz de conducirlos hasta su dicha más plena.

Bastante a menudo el fundamento del matrimonio es el puro y simple amor sentimental

Un período previo pero sustantivo

El matrimonio no lo configura arbitrariamente cada pareja a tenor de sus propios caprichos, ilusiones y modos de entender el amor: no es algo que cada uno invente. El matrimonio, en sí mismo considerado, posee un modo de ser concreto, que no deriva ni del Derecho civil ni del eclesiástico ni de las cambiantes determinaciones culturales, sino de la peculiar naturaleza de los contrayentes en cuanto varón y mujer y de la también particular y exclusiva manera en que cabe establecer relaciones amorosas auténticas entre ellos.

 

Descubrirlo tal como es e intentar llevarlo a cumplimiento favorecerá de forma definitiva la maduración y la felicidad de quienes lo integran, de manera análoga a como proceder de acuerdo a la naturaleza y a las instrucciones de uso de cualquier herramienta un poco compleja asegura el correcto funcionamiento y la conservación de aquel artilugio.


Los novios deben embocar, por tanto, una vía que los eduque en la mutua fidelidad, sin componendas. Ya desde ese período previo, aunque sustantivo, han de aprender a quererse, a superar tentaciones, momentos de cansancio o desilusión, incomprensiones, conflictos y rifirrafes más o menos espectaculares. Nunca deberían olvidar que están transitando la senda que les permitirá el día de la boda pronunciar un “sí” verdaderamente libre, consciente, responsable y decidido, capaz de dar un significado inédito e infundir nuevos bríos a toda su vida.

Los novios deben embocar una vía que los eduque en la mutua fidelidad

Un amor para todas las estaciones

Con cierto deje de comprensible nostalgia, Marta Brancatisano recuerda que, en su juventud, “el noviazgo era un período de prueba que debía permitir comprobar la autenticidad del sentimiento gracias a un conocimiento más profundo; comprender si se trataba de ese tipo de amor capaz de adaptarse a cualquier situación, de afrontar cualquier imprevisto. En definitiva, un amor para todas las estaciones, que hay que diferenciar de los amores veraniegos, es decir, de los que van ligados al período más despreocupado y divertido del año”.


En efecto, para cumplir su papel específico, los novios han de luchar por conocerse y quererse no solo en los aspectos externos, sino también en los interiores: temperamento, carácter, ideales, proyectos, expectativas, convicciones, diferencias… Justo para eso están los años de noviazgo: para enriquecer el mutuo conocimiento y, de manera aún más definitiva, para aquilatar su amor recíproco.


Tomás Melendo es catedrático de Metafísica por la Universidad de Málaga.

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