Family Enrichment
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Principio y fin de la educación

Tomás Melendo

Sobre la educación de los hijos se han escrito miles de libros. Ha surgido una auténtica y propia ‘ciencia de la educación’. Por desgracia, tal cúmulo deconsideraciones, hermosas y profundas muchas veces, tienden a permanecer ocultas en las aulas universitarias o en las bibliotecas. En realidad, es más fácil escribirlas en el silencio de un estudio que aplicarlas en medio de la agitación sin descanso de una familia que vive.

De ahí que los padres tengan que aprender por sí mismos a ser padres… y desde muy pronto. En ningún oficio la capacitación profesional comienza cuando el aspirante alcanza puestos de relieve y tiene entre sus manos encargos de alta responsabilidad. ¿Por qué en el ‘oficio de padres’ debería ser de otra forma? Acaso porque se trata más de un arte que de una ciencia? De acuerdo; pero en ningún arte basta la inspiración y la intuición; es menester también formarse.


En cualquier caso, aprender ese ‘oficio’ no consiste en proveerse de un conjunto de recetas ya dadas e inmediatamente ‘aplicables’ a los problemas que van surgiendo. Tales recetas no existen. Existen, por el contrario, principios o fundamentos de la educación: los padres deben conocerlos muy a fondo, para con ellos iluminar la práctica diaria.


Teniendo esto claro, y sin demasiadas pretensiones, ofrecemos un memorándum, el más accesible y concreto posible, de los principales criterios y sugerencias sobre “el arte de las artes”, como ha sido llamada la educación.


Querer a los hijos


La primera cosa que los padres necesitan para educar es un verdadero y cabal amor a sus hijos. Como escribe G. Courtois en El arte de educar a los muchachos de hoy, la educación requiere, además de “un poco de ciencia y de experiencia, mucho sentido común y, sobre todo, mucho amor”. Con otras palabras, es preciso conocer algunos principios pedagógicos y obrar con sentido común, pero sin suponer que baste aplicar una bonita teoría para obtener seguros resultados.


¿Por qué? Porque “cada niño es un caso” absolutamente irrepetible, distinto de todos los demás. Ningún manual es capaz de explicarnos ese “caso” concreto. Hay que aprender a modular los principios a tenor del temperamento, la edad y las circunstancias en que se encuentren los hijos. Y sólo el amor permite conocer a cada uno de ellos tal como es y actuar en consecuencia.


De hecho, será el amor el que enseñe a los padres a descubrir el momento más adecuado para hablar y para callar, el tiempo para jugar con los niños e interesarse por sus problemas sin someterlos a un interrogatorio, las ocasiones en que resulta más conveniente ‘no darse por enterados’ frente a aquellas otras en que lo que procede es intervenir con decisión…


Un matrimonio muy agobiado por su trabajo profesional buscaba en una tienda de
juguetes un regalo para su niño: pedían algo que lo divirtiera, lo mantuviese tranquilo y, sobre todo, le quitara la sensación de estar solo. Una dependiente inteligente les explicó: “lo siento, pero no vendemos padres”.


Quererse entre sí

 

La primera cosa que el hijo requiere para ser educado es que sus padres se quieran entre sí. “Hacemos que no le falte de nada, y sin embargo…”. Expresiones como ésta las oímos a menudo, proferidas por tantos padres que se vuelcan aparentemente sobre sus hijos –alimentos sanos, reconstituyentes, juegos, vestidos de marca, vacaciones junto al mar, diversiones, etc.–, pero se olvidan de la cosa más importante que necesitan los críos: que los propios padres se amen y estén unidos.

Es mejor que el niño tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca

El mutuo cariño de los padres es el que ha hecho que los hijos vengan al mundo. Y ese mismo afecto recíproco debe completar la procreación, ayudando al niño a alcanzar la plenitud y la felicidad a que se encuentra llamado. El complemento natural de la procreación, la educación, ha de estar movida por las mismas causas –el amor de los padres– que engendraron al hijo.


Desde que sale del útero materno, donde el líquido amniótico lo protegía y alimentaba, el niño necesita imperiosamente de otro ‘útero’ y otro ‘líquido’, sin los que no podría crecer y desarrollarse; a saber, los que originan el padre y la madre cuando se quieren de veras.


Por eso, cada uno de los esposos debe engrandecer la imagen del otro ante los hijos y evitar cuanto pueda hacer disminuir el cariño de éstos hacia su cónyuge. Los padres han de prestar atención, desde que los críos son muy pequeños, a no hacerse reproches mutuos delante de ellos, a no permitir uno lo que el otro prohíbe, a evitar de plano ciertas aberrantes recomendaciones al niño: “esto no se lo digas a papá (o a mamá)”, etc.


Enseñar a querer


Como acabamos de ver, el principio radical de la educación es que los padres se quieran entre sí y quieran de veras a sus hijos; el fin de esa educación es que los hijos, a su vez, vayan aprendiendo a querer, a amar. Según explica Rafael Tomás Caldera, “la verdadera grandeza del hombre, su perfección, por tanto, su misión o cometido, es el amor. Todo lo otro –capacidad profesional, prestigio, riqueza, vida más o menos larga, desarrollo intelectual– tiene que confluir en el amor o carece en definitiva de sentido”.


La entera tarea educativa de los padres ha de dirigirse, pues, en última instancia, a incrementar la capacidad de amar de cada hijo y a evitar cuanto lo torne más egoísta, más cerrado y pendiente de sí, menos capaz de querer y perseguir el bien de los otros.


Dar ejemplo, dar ánimos


Los niños tienden a imitar las actitudes de los adultos, en especial de los que quieren o admiran. Jamás pierden de vista a los padres, los observan de continuo, sobre todo en los primeros años. Ven también cuando no miran y escuchan también cuando están jugando. Poseen una especie de radar, que intercepta todos los actos y las palabras de su entorno.


Por eso los padres educan o deseducan, fundamentalmente, con su ejemplo. Además, el ejemplo posee un insustituible valor pedagógico, de confirmación y de ánimo: no hay mejor modo de enseñar a un niño a tirarse al agua que hacerlo con él o antes que él. Las palabras vuelan, pero el ejemplo arrastra.

Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido

Por otra parte, el niño es muy receptivo. Si se le repite con frecuencia que es un maleducado, un egoísta, que no sirve para nada… se creerá y será verdaderamente maleducado, egoísta, y no servirá para nada. Es mejor que tenga un poco de excesiva confianza en sí mismo, que demasiado poca. Y si lo vemos recaer en algún defecto, resultará más eficaz una palabra de ánimo que echárselo en cara y humillarlo. Mostrar al hijo que creemos en sus posibilidades es para él un gran incentivo; en efecto, el pequeño se encuentra impulsado a llevar a la práctica la opinión que se tiene de él –positiva o negativa– y a no defraudar las expectativas. 

 

Cuando hace una observación correcta, incluso opuesta a la que nosotros acabamos de comentar o sugerir, no hay que tener miedo a darle la razón. No se pierde autoridad; más bien al contrario.


Al animar y elogiar es preferible estar más atentos al esfuerzo hecho que al resultado obtenido. No se debe recompensar al niño por haber cumplido un deber o por haber tenido éxito en algo. Un regalo por unas buenas calificaciones es deformante. Las buenas calificaciones deberían ser ya un premio que diera satisfacción al niño. 


Tampoco es bueno multiplicar desmesuradamente las gratificaciones; entre otros motivos, porque cuando éstas vinieran a faltar, el pequeño se sentirá decepcionado: premiar reiteradamente lo que no lo merece equivale a transformar en un castigo todas las situaciones en que esa compensación esté ausente.

 

Autoridad, que no autoritarismo


Para educar no son suficientes el cariño, el buen ejemplo y los ánimos; conviene ejercer también la autoridad. La educación al margen de toda disciplina se presenta hoy como una breve moda fracasada, contradicha por aquellos mismos que la han sufrido. El niño tiene necesidad de autoridad y la busca. Si no encuentra a su alrededor una señalización y una demarcación, se torna inseguro o nervioso. Incluso entre ellos, cuando juegan, los niños inventan siempre reglas que no deben ser transgredidas. Por lo demás, todos sabemos lo antipáticos, molestos y tiránicos que son los hijos de los demás, cuando están malcriados, habituados a sobresalir siempre y a no obedecer cuando no tienen ganas.


Pero cuando se trata de los propios, es más difícil un juicio lúcido. No se sabe bien si imponerse o abajarse a pactar y dejar hacer, para no correr el riesgo de tener una escena en público…, o acabar la cuestión con una explosión de ira y una regañina (que después deja más incómodos a los padres que al niño).


Por detrás de esta inseguridad, hay siempre una extraña mezcla de miedos. El terror a perder el cariño del chiquillo, el temor a que corra algún riesgo su incolumidad física, el pavor a que nos haga quedar mal o nos provoque daños materiales.

La educación al margen de toda disciplina se presenta hoy como una breve moda fracasada

Si por encima de tantas prevenciones prevaleciera el deseo de ayudar al crío a reconocer los propios impulsos egoístas, la codicia, la pereza, la envidia, la crueldad, etc., no existiría esa sensación de culpa cuando se lo corrigiera utilizando la autoridad. Aun cuando no esté de moda, es preciso afirmar claramente la imposibilidad de educar sin ejercer la autoridad –que no es autoritarismo– y exigir la obediencia desde el mismo momento en que los niños empiezan a entender lo que se les pide. Por eso, es importante que los padres, explicando siempre los motivos de sus decisiones, indiquen a los niños lo que deben hacer o evitar, no dejando por comodidad caer en el olvido sus órdenes, ni permitiendo que los niños se les opongan abiertamente.


Pero a veces se prohíbe algo sin saber bien por qué, qué es lo que encierra de malo, sólo por impulso, por las ganas de estar tranquilos o porque uno se siente nervioso y todo le molesta. Se compromete así la autoridad sin que sea necesario, abusando de ella.


Conviene comprender la necesidad de movimiento, de juego inventivo y de libertad que tiene cualquier niño sano. Interviniendo de manera continua e irrazonable se acaba por hacer de la autoridad algo insoportable. Como aquella madre de la que se cuenta que decía a la niñera: “Ve al cuarto de los niños a ver qué están haciendo… y prohíbeselo”.


Por otro lado, la convicción del niño de que nunca hará desistir a los padres de las órdenes impartidas posee una extraordinaria eficacia, y ayuda enormemente a calmar las rabietas o a que éstas no se produzcan.

 

Tomás Melendo es Catedrático de Metafísica por la Universidad de Málaga.

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  • patricia (viernes, 29. diciembre 2017 20:12)

    Me ha encantado el artículo. Muchas gracias

  • María del Carmen Bayo (jueves, 21. diciembre 2017 07:29)

    Interesante

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