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Un apunte sobre el amor romántico

Tomás Melendo

Suele surgir el enamoramiento como un amor sentimental, un amor estético y afectivo o de simpatía: de atracción física unida a un interés por la persona concreta de distinto sexo cuyas maravillas se comienzan a vislumbrar, y que, cuando resulta correspondido, despierta en los implicados un afán casi irresistible de verse y hablarse de nuevo, de saber más del otro, de relacionarse.

 

Y esto es solo el inicio. Pues a medida que el trato crece, se instaura por lo común una sintonía de caracteres y aumenta el mutuo deseo de conocerse mejor y de estar juntos. La persona de quien uno se enamora ocupa todo nuestro horizonte intelectual y afectivo: difícilmente podemos pensar en algo distinto que en estar con ella ni sentir otra cosa que su recuerdo; leemos y releemos los mensajes intercambiados y ya sabidos de memoria; acudimos presurosos a las citas y buscamos las casualidades –rodeos a veces de varios kilómetros– para vernos una vez más, aunque solo sea unos minutos; las despedidas se tornan cada vez más costosas, y solo cobran sentido porque nos acercan al próximo encuentro… Vivimos más en el otro que en nosotros mismos: es él quien otorga su entero significado a todo aquello con lo que nos relacionamos. Como dice Buttiglione, el enamorado experimenta una especie de desplazamiento afectivo: “Antes ‘yo’ significaba, en primer lugar y casi exclusivamente, el propio cuerpo físico, comprendido como centro de intereses y acciones. Por el contrario, quien se enamora desea estar junto a aquel que ama de modo tal que el centro de la propia existencia se hace reposar en esa cercanía”.


Pero hay más. El amor sentimental resulta en extremo gratificante y embriagador porque apenas exige esfuerzo. Brota y se despliega de una manera espontánea, involuntaria, en absoluto forzada. Nadie decide deliberadamente enamorarse de una persona, sino que, sin saber bien cómo y por qué, muchas veces tras un solo encuentro, otras después de un roce más o menos circunstancial o de un dilatado período de trato relativamente anodino, empieza a sentir afecto y ternura y entusiasmo por ella. Y no solo a causa de sus aspectos atrayentes o agradables, sean estos físicos, de temperamento y carácter o propiamente espirituales, sino debido a una suerte de congenialidad o complementariedad entrevista, una a modo de empatía, de alquimia, que empuja irresistiblemente hacia el otro.

El enamorado experimenta una especie de desplazamiento afectivo

Parece que no cabe ir más lejos ni en amor ni en satisfacción ni en júbilo. Porque mientras dura el impacto inicial, la alegría, la impresión de crecimiento, de estar a punto de estallar, de flotar por encima de las nubes, el sujeto las experimenta sin poner ni mucho ni poco de su parte, como arrebatado por la pasión que suscita en él quien lo enamora. De ahí que este amor, llamado muchas veces ‘pasional’, se conciba a menudo como el más sublime, como el no va más de los amores. No creeríamos a quien nos insinuara que resulta posible subir más alto… mucho más alto. Y, sin embargo, se puede.


Sus límites
El amor pasional es vivido a menudo con gran fuerza y resonancia interiores. Pero
apenas suele elevarse por encima del plano impulsivo y emotivo, de los ‘instintos’ y sentimientos. Y esta esfera, como la experiencia no tarda en demostrar, se encuentra sujeta a un sinnúmero de factores mudables e inconstantes: estados de humor y de salud, percepción no siempre veraz del aprecio o de la falta de interés por parte de la pareja, problemas personales que se proyectan sobre el otro, celos, suspicacias, temores de perder lo que tanto nos contenta, etc.

 

Se trata, entonces, de un afecto limitado, no todavía del amor en su acepción más plena. De resultas, y aunque en los momentos de exaltación nos parezca innecesario y utópico, ese afecto inicial ha de madurar y desarrollarse, hasta convertirse en elemento ineludible de un amor todavía más firme, decisivo y gratificador. De lo contrario, por más que se nos antoje imposible, acabaría por transformarse en un estorbo para el auténtico y definitivo cariño… o simplemente por desaparecer, pasado el período inaugural de euforia. (E incluso podría hacer despuntar la convicción de que el amor es poco más que una palabra  embaucadora: que lo que pretende significar a fin de cuentas no existe.)

El amor sentimental suele venir acompañado de una cierta idealización

En cualquier caso, el espejismo del amor romántico insuperable, la ilusión convencida de haber tocado techo y llegado hasta la cumbre, la incredulidad un tanto desconfiada ante quien nos insinúa que todavía no hemos arribado y que vale la pena seguir avanzando aunque fuere con esfuerzo, tiene una explicación muy clara. Y es que el amor sentimental, si se da, suele venir acompañado de una cierta idealización de la persona que se ama, que magnifica sus cualidades reales y tiñe con una pátina de cariñosa y entrañable comprensión incluso sus defectos más palpables… cuando no simplemente los ignora. Por eso resulta casi imprescindible en los primeros momentos. 


Pero, por los mismos motivos, no basta. En esta fase primeriza no se quiere y se busca propiamente a la persona única del otro, con toda la maravilla y riqueza interior que lleva consigo, sino más bien sus cualidades: belleza física y atractivo sexual, ternura, capacidad de comprensión, inteligencia, alegría, iniciativa, optimismo, ganas de vivir…, que son las que de manera inmediata despiertan en nosotros esa suerte de éxtasis placentero, maravilloso y cautivador, que nos catapulta a la estratosfera y parece dar un sentido definitivo e irrebasable a nuestra existencia.

En esta fase primeriza no se quiere y se busca propiamente a la persona única del otro

Un largo trecho por recorrer

Mas en realidad, por cuanto deriva sobre todo de la atracción sensible y el sentimiento, este tipo de afecto genera un conocimiento recíproco todavía muy parco y periférico: al no trascender en sentido estricto el ámbito de la sensibilidad, conduce a conocer con cierta aproximación el cómo, pero no lleva a saber quién es efectivamente aquel o aquella que nos vuelve locos; en consecuencia, no lo podemos realmente amar –a él o a ella– tal cual en verdad es, pues su realidad personal más profunda todavía no ha sido descubierta. La pareja está solo comenzando a caminar unida y aún queda un largo trecho por recorrer. Y lo que es más, si detuviéramos en este punto nuestra andadura, si nos conformáramos con lo ya adquirido, antes o después el entusiasmo incontenible de ese presunto amor inigualable, pero basado en atributos frágiles e inconsistentes –y, en buena parte, comunes a otras personas–, daría paso a un penoso desengaño, como las luces de bengala dejan sin remedio tras de sí la realidad oscura de un trozo de madera ennegrecida, incapaz de lucir de nuevo. Hay que establecer cimientos más sólidos: encauzar toda la energía que el amor romántico libera hacia la construcción de un edificio de mucha mayor envergadura.

 

Tomás Melendo es catedrático de Metafísica por la Universidad de Málaga.

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