David Cerdá es, sobre todo, pura inquietud. Ha publicado, de la mano de Rialp, Alrededor de los libros, una reflexión sosegada y lúcida sobre las grandes verdades en torno a la lectura, la importancia vital de la argumentación y, por último, el valor del sufrimiento. Al hablar con él, sin embargo, hemos descubierto que su libro trata en realidad de su amor por la filosofía, cuyo papel no deja de reivindicar en tiempos tan confusos como los actuales.
JULIO MOLINA

PREGUNTA. Mientras leía su libro me preguntaba qué peso tiene en la actualidad la filosofía.

RESPUESTA. Menos del que creo que debería tener, ciertamente. A menudo me invitan a institutos, y al hablar con los chavales me doy cuenta de que no saben siquiera qué significa esta palabra. Se está empezando a retirar como asignatura de los programas de estudio obligatorios… Lo curioso, sin embargo, es que estos chicos demuestran interés. La filosofía ayuda a tener criterio e ideas propias, y a detectar la manipulación y el engaño de los que podemos ser víctimas, y eso les llama la atención enseguida. Les sorprende gratamente descubrir que la filosofía sirve para entender la enfermedad, la muerte, el amor, la moral, la justicia.

P. Imagino que no somos conscientes de lo que puede hacer por nosotros.

R. A lo largo del siglo XX, la filosofía ha descrito una trayectoria parecida a la del mundo del arte. Al igual que la música clásica fue perdiendo la melodía y, por eso mismo, desconcertando y desenganchando al público –siempre me refiero a John Cage y sus sonatas para piano preparado–, la filosofía fue enrevesando tanto su discurso que acabó distanciándose de la calle. Si bien las aportaciones de Heidegger, por ejemplo, o de la fenomenología, son valiosísimas, resultan demasiado densas, pesadas y confusas como para que la gente les dedique tiempo. Creo que la filosofía ha perdido el pulso de los ciudadanos –la melodía de la que hablábamos–, que piensan que es un asunto de y para académicos, cuando su origen en Grecia, como sabemos, tuvo que ver precisamente con la cosa ciudadana.

P. Usted no es un académico.

R. No. Uno de los mejores autores en la actualidad, Javier Gomá, habla de “filosofía mundana”, y a mí me encanta esa idea: conversar con la gente de asuntos graves de forma llana y accesible. La filosofía, por principio, ha de hacerse entender; y si no lo consigue, se vuelve muchas veces antipática, irrespetuosa. Sócrates bajó a la calle y habló con la gente de igual a igual, y algo así ha de suceder ahora: contar con filósofos en los colegios, en las televisiones, en las radios. En ese sentido hay una tarea pendiente.

“La filosofía, por principio, ha de hacerse entender;
y si no lo consigue, se vuelve muchas veces antipática, irrespetuosa”

P. Siempre se puede recurrir a internet.

R. Internet ha revolucionado el mundo, eso está claro. Ha facilitado la comunicación de un modo asombroso, en apenas unos pocos años, aunque habría que hacer, en mi opinión, una distinción. Los versos de un poema de Eliot resultan muy esclarecedores: “¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento? / ¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido en información?”. Una cosa es la información, que abunda en Internet, y otra bien distinta es la comprensión, el conocimiento, la sabiduría.
En cualquier caso, la filosofía no es tanto un cuerpo de conocimiento como sobre todo una forma de estar en el mundo, una actitud reflexiva, curiosa, inconformista, que intenta saber. Forma parte de la persona, que no puede desligarse de ella. Algo parecido ocurre con la religión: si se piensa que es algo a lo que uno se apunta para recibir respuestas, como si fuera un oráculo, no llevará a ninguna parte. Trascender es un planteamiento de vida, no un sitio al que se acude como quien se apunta a clases de baile. La filosofía apuesta por el asombro, por el riesgo intelectual; huye del acomodamiento.

P. Da la sensación de que la filosofía duele.

R. Es que pensar duele. Es una responsabilidad. Baste señalar, entre muchos otros, El miedo a la libertad de Erich Fromm, por ejemplo, donde se analiza el sometimiento de la población alemana a las creencias, las normas y los razonamientos de una autoridad superior, suprimiendo así su pensamiento libre genuino. Tenemos una tendencia casi irresistible a delegar. El peligro radica en seguir la inercia, en no acabar de tomar las riendas de nuestra propia vida.
Yo sospecho que, en general, el ser humano sufre porque está perdido, no porque padezca alguna patología o trastorno particulares… Ortega decía “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Por ahí van los tiros, y por ahí la filosofía puede desempeñar un papel muy relevante: mostrar el camino, arrojar luz, aliviar la incertidumbre, la inquietud.

“En general, el ser humano sufre porque está perdido, no porque padezca alguna patología o trastorno particulares”

P. Su primer ensayo parece poner en duda la importancia de los libros.

R. El texto resta poder al libro, aunque lo pone al tiempo en valor. Yo creo que se ha hecho mucha poesía para conversos sobre este tema afirmando que toda la cultura está en los libros, o que un pueblo que no lee es un pueblo que se hunde. Son aseveraciones demasiado rotundas que, en mi opinión, llevadas al extremo, pueden caer en el ridículo. Hay libros de primerísimas figuras, fantásticamente escritos, que son en realidad panegíricos de la lectura; y pienso que un panegírico sólo convence al que ya está convencido. Son estupendos, sin duda, y reconfortan a los que amamos los libros, pero no creo que llamen la atención de aquellos que no sean lectores. Hay que hacer un ejercicio de desmitificación: nadie se ha muerto por no leer a Proust o a Joyce.
Bien es cierto que los libros –he ahí mi defensa– ofrecen la posibilidad de conocer un sinfín de mundos, y de manera muy distinta, además, a la que emplean las películas, las series de televisión o los juegos de ordenador. En mi opinión, proporcionan otro ritmo, otra pausa; abonan el terreno para la reflexión y el pensamiento.

P. Pero poca gente lee.

R. Leía hace un tiempo las declaraciones de una profesora en las que reconocía que le costaba conseguir que sus alumnos se leyeran un libro completo. En principio, no es un comentario demasiado llamativo, pero si añadimos que esta señora imparte Literatura en la Universidad de Duke, sí que podemos empezar a preocuparnos por qué leerán ya no estos sino muchos otros alumnos y jóvenes en contextos menos propicios.
La capacidad de reflexión que proporciona la lectura se va perdiendo. Aunque en parte se malograra en 1793, la idea de cultivarse, y de combatir así la ignorancia, la superstición y la tiranía, ha pervivido en el hombre desde la Ilustración. Es un poso que aún se conserva, pero que desde luego se puede perder. Las conquistas sociales no son como las científicas: se puede retroceder. Y Erasmo daba nombre a las consecuencias de ese deterioro alertando de “la bestia del pueblo”.

P. Una sociedad que lee es una sociedad más protegida frente a la manipulación.

R. Efectivamente. Existe hoy la sensación generalizada de que el mundo se derrumba, y eso puede hacernos caer en la tentación de recurrir a nuevos gurús y profetas, a falsos sacerdotes. El populismo, por ejemplo, es producto de la educación poco rigurosa que nos hemos dado a nosotros mismos. Por eso es preciso enseñar a la gente a pensar, a razonar, a entenderse y entender qué ocurre a nuestro alrededor.

“El populismo es producto de la educación poco rigurosa que
nos hemos dado a nosotros mismos”

P. ¿Pero dónde se aprende a pensar? No parece que el sistema educativo lo propicie.

R. La verdad es que no. Se dice a menudo que a ningún poder le ha interesado que la gente piense demasiado, lo que no deja de ser cierto, pero no creo que nadie conspire contra nuestra educación. Pienso, simplemente, que es una cuestión de dejadez y estupidez, de falta de sensatez. Al fin y al cabo, ese poder está cayendo en la cuenta ahora de que el populismo que ha favorecido con su desgobierno se le echa encima.
De todos modos, creo que el momento actual es una magnífica oportunidad para enderezar el rumbo. Se parece mucho, salvando las distancias, al de Epicuro en el siglo III a. C., cuando, después de que Atenas perdiera la guerra del Peloponeso y quedara completamente devastada, los atenienses volvieron sobre sí mismos. Las crisis crean un clima muy favorable para pensar, para tomar conciencia, parar, decidir qué camino emprender a partir de ahora. Nuestros hijos vivirán probablemente peor que nosotros –un fenómeno inédito en España desde los años 60–, y eso quizás haga replantearnos qué estamos haciendo y qué queremos.
Estamos recibiendo empujones constantemente: unos nos empujan porque quieren vender, otros porque quieren convencer, algunos engañar, tener poder, etc., y si uno se deja llevar de un lado a otro no es difícil que acabe en la orilla a la que nunca hubiera querido llegar. La filosofía –sin que pueda hacer efectivamente de timón que nos haga llegar allí donde queremos–, sí permite remar al menos en la dirección que tomemos. No olvidemos que nos permite tener voz propia, construir argumentos sólidos.

P. En otro de sus ensayos habla precisamente sobre la importancia de la argumentación.

R. Elegí ese tema porque creo que nos conviene muy mucho recuperar el sentido verdadero del debate, de la conversación, el que lleva a buscar en común la verdad y no tanto la victoria, por cualquier medio, sobre un supuesto contrincante. Es inaudito que nos licenciemos sin haber aprendido a argumentar, siquiera mínimamente; a determinar qué es una argumentación sólida y qué no lo es, qué es aportación valiosa y qué es pérdida de tiempo y juegos de artificio.

P. Hace hincapié en el desconocimiento que existe sobre la falacia, que en su opinión está al orden del día.

R. En todas partes, no sólo en el discurso político. Es una tarea pendiente –de vital importancia, pues hablamos ni más ni menos de no engañar ni engañarnos a nosotros mismos– que sorprendentemente no se considera. Ser capaces de detectar las falacias nos previene contra la persuasión y la manipulación, y no es poca cosa.